Como parte de mi estrategia por recuperarme paulatina pero radicalmente, luego de la lesión sufrida en febrero de este año en el maratón CAF, a la altura del kilómetro 25 y de mi rodilla izquierda -y que refleja, antes que inexperiencia o ingenuidad en el tema de las carreras, una sobredosis de entusiasmo o motivación- , decidí este fin de semana dedicar al menos dos horas de entrenamiento a sesiones comprometidas de fondo, donde pudiera evaluar bajo el sol caraqueño y sobre el concreto del Parque del Este, la resistencia que ha estado ganando mi cuerpo.
En la tercera vuelta al parque, y luego de 45 minutos de intermitencia entre pista de trote y senderos, el sobresalto me arranca un pelo de la ceja, cuando escucho un escándalo soberbio que corre frente al terminal Flamingo, provocado por unos cuantos camiones de bomberos, que avanzan apresurados por la avenida con su característico lamento, dejando en mí la interrogante de lo que habrá pasado. No tuve que esperar mucho para obtener la respuesta. Ayudado por las miradas sincronizadas de muchos corredores del parque, volteo mi cabeza como bien curioso hacia donde apuntan las demás y veo una gran columna de humo que se erigía, pensaba yo, desde Los Ruices o La California, y que se iba regando, poco a poco, por el techo de nubes, producto de alguna llamarada fuera de control.
Considerando el tamaño notorio de la tragedia, y la premura con la que el cuerpo bomberil se avocó al asunto, pues no me inquieté mucho y asumí que el evento estaba policialmente resuelto, por lo que enfilé hacia el CCCT para desayunar unas buenas empanadas y luego hacer algo de mercado con mi novia en el flamante Bicentenario del nivel C2. Al terminar todas estas diligencias, y ya en el estacionamiento buscando el carro, veo de nuevo, sin mayor variación, la columna de humo, negrona y desafiante, alterando y contaminando con su prepotencia. Me pregunté por qué no había sido sofocado el incendio. Pero aquí nadie me respondió. Mi novia buscó en el twitter alguna pista del siniestro y entre los usuarios encontramos que la Revlon era la víctima, que la cosa era en uno de sus galpones en Boleíta, y que habían quedado afectados un muchacho con una cortada en el brazo y una señora con una crisis respiratoria.
Ya al final de la tarde, mientras escuchaba algo de la banda de rock progresivo argentina Pez, viendo fotos de la mamasita de Imelda May y revisando un blog sobre propuestas alternativas de recreación y apropiación de espacios públicos en la ciudad de Caracas, avisté un link que me llevaba a la reseña hecha por El Universal del incendio, donde se señalaba en una noticia publicada a las 3 y 18 p.m., que luego de 8 horas de trabajo sostenido, ya estaba controlado en un 80%. Es decir, un 10% por cada hora de empeño bomberil.
Por otro lado preguntaban qué hace un galpón lleno de químicos cosméticos en medio de zonas residenciales, por qué no existían los equipos o implementos necesarios para responder a la magnitud del daño, o del por qué tuvieron que talar árboles para atacar el fuego, quién responde o atiende a los vecinos que resultaron afectados por la humareda tóxica, y si fueron estos heroicos bomberos los que alguna vez otorgaron los permisos para que se instalara el ahora chamuscado galpón. El balance del día de hoy indica que el progreso es lento pero firme, como el Juggernaut del que nos hablaba Giddens.
20110605
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