20120109
Placer culposo
A pesar de que ya conocía la trama, de que la había visto al menos media docena de veces desde mi pubertad, y que esa tarde de sábado la agarré a media hora de finalizar, no pude evitar quedarme nuevamente enganchado con la nobleza ejemplar de Daniel Sam, y la sabiduría todo terreno del maestro Miyagi, en la célebre Kárate Kid II.
Recuerdo que la imagen de un huracán, que prometía arrasar con la tradicional y comunitaria Okinawa, me retuvo por unos breves minutos para comprobar, una vez más, que no existe acontecimiento de la naturaleza que detenga el temple, la osadía, el valor y la magnanimidad de hombres como Daniel Larusso y el Sr. Miyagi. Quedarnos en estas cualidades, pues ya produce un destello enceguecedor sobre nuestras mundanas y pueriles almas de quince y último. A todo esto hay que agregar la fuerza sobre humana de la que hace gala el siempre asertivo Sr. Miyagi cuando decide, sin más mandato que su don de buena gente, romper una descomunal columna de madera de aproximadamente 40 cm de grosor, y sin mayor recurso que su mano y su concentración, para salvar a Cato, un viejo enemigo de su pueblo natal.
Así como me divertí con la escena cuasierótica del ritual del té, pasaron los minutos, y caí en cuenta de que estaba disfrutando a mis anchas de la precisión y gracia que nutren la escena del bailecito con la japonesa despeinada, espacio de distracción que cayó muy bien luego de la tragedia que supuso el huracán para la apacible Okinawa. Pero el entretenimiento duró poco (dentro de la trama de la película, para mí continuaba), porque en el momento de mayor despliegue de belleza coreográfica, entra a escena un godo malandrín, de honor mancillado, aferrado al firme propósito de arruinar tan bonito festival, movido por su sed de venganza.
Este vándalo, quién ya había mostrado sus costuras en uno de los momentos más críticos de la película, ganándose el desprecio de su propio tío, no tuvo mejor idea que retar a duelo al intachable Daniel, bajo la amenaza de malherir a su querida danzarina.
Cayendo en cuenta de que, ya no se trataba de un torneo, sino de una amenaza real a su vida y a la de su amada, Daniel Larusso se arma de coraje, y decide enfrentar con la voluntad que no acompaña a su musculatura, al sobrino y pupilo de Cato. Golpes van y golpes vienen, caídas, y pequeños cortes en el rostro salpican de sangre la escena. La perseverancia del truhán languidece el arrojo de Daniel Sam, quién poco a poco ve como se nublan las posibilidades de rescatar a su amada del oprobio. Sin embargo, los tamborcitos… esos tamborcitos que aparentaban tener un fin estrictamente decorativo, guardaban un poderoso secreto: encojonar a Daniel Sam hasta tal punto que ni Steven Seagal hubiese sido capaz de derrotarlo.
Esa escena fue realmente emocionante... una costilla fracturada, un rostro maltrecho, y los ojos deprimidos del protagonista eran el perfecto testimonio de la coñiza y el abandono, pero el maestro Miyagi, bañado en asertividad, saca de su kimono un pequeño tambor, sostenido por un palo y con dos bolitas guindando a los lados, al que hace girar, percutiendo consistentemente en el cuero y en la mente de Daniel. Este gesto, rebosante de sabiduría, es imitado por el resto de los pobladores, recreando un bullicio que desconcentra al malandro y es experimentado por Daniel en una forma medio mística, inflándolo de fuerza y determinación, conduciendo a la película por el canal del éxtasis heroico. Cual ventilador poseído por un demonio japonés, Daniel acomete a carajazo limpio a su contrincante, extraviándolo totalmente de cualquier propósito malsano. En ese punto estaba tan imbuido en la escena, tan absolutamente absorto en el desenlace, que sentía que mi pecho, mis hombros, mis piernas temblaban, la cama, el cuarto, el propio televisor, todo se sacudía a mi alrededor. Esta sensación me hizo pensar por unos segundos que no debía meterme tanto en la trama de la película, porque obviamente estaba afectando mi percepción de la realidad y mi sentido del equilibrio. Hasta que caí en cuenta, por la cara de pánico de mi familia, que estábamos en medio de un temblor…
Eran las 3:30 p.m. del sábado 12 de septiembre. Todos saliendo de la habitación deprisa, buscando sus cholas, ignorando cualquier recomendación de seguridad, y yo sentado, en la orilla del colchón, con el televisor aún encendido, un poco inquieto por el alboroto, pero disponiéndome con rapidez igualmente para salir del apartamento. A pesar del aturdimiento, tuve que ejercer un rol espontáneo de guía en medio de la confusión, conduciendo a mi hermana y a mis padres hasta la planta baja del edificio; creo que esperábamos encontrar de la nada algún refugio, estar más cerca de la calle en caso de una réplica o buscar alguna información, respuesta o consuelo en los vecinos, aún no lo sé. A medida que transcurrían los minutos, llegaban cada uno de los residentes del edificio, a compartir en un hacinamiento angustiante los pocos metros cuadrados del lobby, así como sus particulares formas de vivir el sismo, dependiendo de que tan alto estuviese ubicado su apartamento. Escuchaba sus relatos, mientras al fondo se planificaba algún tipo de inspección de daños en la edificación que luego serían reportados a los bomberos. Y nos íbamos enterando poco a poco de los detalles: 6,4 en la escala de Richter, con epicentro en el estado Aragua, que en Santa Mónica se sintió fuerte, que en la Panteón se quebró un edificio…Ya las cosas se calmaban un poco, yo me calmaba un poco, y veía uno que otro sollozo, como el de la vecina del piso once, morena, delgada, veinteañera, de piernas torneadas, que por los nervios y la prisa, bajó con su bata de dormir a medio acomodar, y estaba muy asustada, quebradiza, como la japonesita...
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