La secularización del mundo y la extremada división del trabajo parecieran conducir a un caos simbólico, a una especie de desorientación de los productos de la civilización, sin embargo, la realidad está demostrando que en el plano cultural, la sociedad refleja un modelo, un esquema, un parámetro muy propio en sus producciones, con sus consecuencias en lo valorativo: “la civilización actual concede a todo un aire de semejanza”. Con estas ideas -escritas hace más de 60 años- Theodor Adorno y Max Horkheimer inician un ensayo en donde retratarán las características de la industria cultural como organización encargada de reproducir en sus “manifestaciones estéticas” un patrón particular -homogeneizante-, acompañando tal descripción con una serie de críticas.
La lógica capitalista, de la que se vale la industria cultural para imponer un patrón de producción y consumo, se evidencia según los autores, en el plano arquitectónico, en los proyectos urbanísticos, con sus grandes edificios residenciales y comerciales, que no hacen más que traslucir la contradicción entre la promesa del respeto a lo individual y la imposición del capital. La industria cultural, en tanto que es reconocida como un negocio, no concibe una empresa artística ni tampoco una producción acorde con las necesidades sociales. Las demandas deben ser estandarizadas, tipificadas, como método propio de organización de los intereses recibidos. La producción en serie, como consecuencia de la estandarización del mercado, romperá con la lógica propia de la obra artística natural, espontánea e innovadora entre otras cosas. El procedimiento esquemático de organización de los intereses del consumidor (películas tipo A o B, target, estratos A, B, C, D), además de reducir al individuo a “material estadístico”, deja filtrar la invariabilidad de la producción. Resulta cuando menos curioso evidenciar, como en la actualidad, entre las películas de Arnold Swarzenegger, Jean Claude Van Damme y recientemente las de Vin Diesel, existe muy poca diferencia. O de cómo la ola teen pop o la aparición de nuevos ídolos en el templo de reggaeton, son más proyectos seriamente planificados que “fenómenos” musicales. Tal similitud en las obras de la industria cultural radica también en la inmutabilidad del concepto artístico a vender, en el desdén de la totalidad y la primacía del detalle. Es el detalle, lo superfluo, lo accesorio lo que servirá de anzuelo al público, al consumidor, sin cambiar la visión global de las obras. En las películas es el actor el que cambia, no la trama del héroe americano; es en la música la conformación del grupo o la nacionalidad de la cantante lo que varía, no el estilo ni el mensaje.
Nos dicen los cabecillas de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, que una característica muy peculiar de la industria cultural reside en su capacidad para pasar desapercibida en la vida cotidiana, y en su prolongación dentro de la realidad social. Distinguir la línea divisoria entre el mundo recreado en el cine y la vida es una tarea cada vez más compleja, dada la exigua aptitud requerida para consumir el producto. Sentarse y disfrutar del espectáculo no exige mayor esfuerzo ya que la industria cultural se encarga de reproducir sus obras de modo tal que se inserte en la realidad sin advertidas, dándole una apariencia natural. En tales condiciones, el uso y disfrute de los productos de la industria cultural se realizan en forma distraída, sin actividad mental por parte del consumidor.
La industria cultural, gracias a su esquematismo, sus clichés, sus producciones estereotipadas, posee un lenguaje propio y distintivo, en donde lo natural refleja una escisión difusa entre imagen y realidad, en donde, a mi entender, la rutina es exaltada y lo contingente es marginado. Este lenguaje resulta de una gran complejidad, tanto en los medios para elaborarlo como en la habilidad para manejarlo. En semejante dificultad, la expresión autónoma del consumidor queda reducida, prevaleciendo la imposición de la industria cultural, a la vez que niega el estilo. En este sentido, el término “cultura” adquiere un significado negativo, ya que contempla la administración de los gustos, la clasificación, el encasillamiento, el ordenamiento de la “producción espiritual”. Para Adorno y Horkheimer, la “cultura” ya deja de ser el hecho estético revolucionario, innovador, espontáneo, sino una categorización de la industria. La “cultura” no es cultura. Es elaboración del estilo masificado.
Una visión del placer también nace con la industria cultural. El desprecio por el significado, por la elaboración, por la concatenación lógica de las ideas en el producto artístico final induce al consumidor a comprar tendencias absurdas o violentas. La comedia es escogida por los autores como el mejor ejemplo para ilustrar tal aspecto. El humor del “pastelazo” y el continuo maltrato al protagonista prevalecen en la industria cultural. La saga de los “Jackass”, “Family Guys”, y “South Park” parecieran mantener intacta esa cruda necesidad de nuestras culturas occidentales por el fustigar, por la tortura, por el castigo al cuerpo o a los errores de una generación. Es el placer sadomasoquista del espectador que está siendo legitimado.
Otra de las características de la industria cultural, y que se refleja, más que en los artificios de la industria, en la reacción del consumidor, reside en la ley suprema de la frustración. Para los autores de la Dialéctica de la Ilustración, la contemplación, el carácter no participativo del espectador, aunado a la superficialidad de las obras de la industria cultural, ha originado un sentimiento de frustración, ante el incumplimiento de la promesa de originalidad, de la innovación, por la que se vende la obra de la industria cultural. Tal frustración se produce al mantenerse invariable la totalidad de la obra y al reunir en un mismo producto el deseo y la realidad.
Esta contradicción manifiesta, confirma la complejidad de la realidad social a la cual se desea clasificar, etiquetar y estandarizar, ya que el empeño por desarrollar una lógica propia, adjudicándole un sentido funcional al arte, como secuela de los mecanismos del mercado, no hace más que dificultar su comprensión, rompiendo con el esquema vacuo y carente de significado que se había pretendido para un mayor consumo.
Largo ha sido el camino recorrido por el pensamiento occidental desde que se escribió este ensayo, y no han sido pocas las ideas y contribuciones que se han hecho para caracterizar el mundillo de particularidades sobre lo que culturalmente consumimos (o nos consume). Antes que halagar a la teoría crítica por su lucidez premonitoria, el texto invita a la reflexión sobre un universo simbólico que no es ajeno a las marañas del poder, y que abre las interrogantes necesarias sobre las posibilidades de un imaginario o de imaginarios para la emancipación.
20091218
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