20180315

Instinto


Una señora se acerca con su perrito schnnauzer a saludar a otra en un café-panadería, esta última acompañada de dos canes raza pincher. Muy elocuentes ellas. Muy frescas. Muy cordiales. La primera, entre 60 y 65 años aproximadamente, de pie con el perrito sobre el antebrazo, con su correa suelta y colgando. La segunda, sentada, con ambos perritos parados en el asiento de una silla, algo inquietos, pero sin intentar bajarse, sujetos al espaldar de hierro forjado. Ambas mujeres intercambian impresiones sobre el sol que está apretado hacia las 3 de la tarde, de un tal señor gocho-que-vende-los-quesos que se le puede encargar, y de cuánto se estaba tardando el trabajo de la alcaldía. Ya van para un mes, dice la del schnnauzer. Yo creo que mes y medio, replica la de los pinchers. Mientras tanto, las miradas de odio irracional y feroz que se intercambian los canes pasan bien disimuladas. La tensión entre los tres animales emite cierta vibración de fondo. Intercalados entre chismes y chistes de las amigas, brillan intermitentes los pequeños colmillos. Como recordando viejas afrentas, esperando el primer movimiento del oponente, anhelando una gran batalla épica... así luce la danza trémula de los perritos. El entorno se vuelve brumoso, y los humanos son sólo piel, sangre y huesos que se atraviesan torpemente en el paisaje. Se dijo en algún momento, en algún sitio, que no hubo ni habrá circunstancia que atenúe el arrebato de los instintos cuando son invocados desde lo más profundo de tu naturaleza, cuando suben efervescentes desde lo insondable de tu ser. Si los impulsos de la especie calientan el cuello, y hierven la saliva en la garganta, en el instante que retan a tu raza, tus genes, tu estirpe, tus ancestros, en ese punto en el que no existe más que fruición, entrega, honra, custodia y canto a lo bestial... es cuando estallan los ladridos. Una ráfaga de ladridos. Dramáticos, punzantes, hirientes. Con algunas inflexiones más graves, pero volviendo a escalar con cierta agudeza. Los pinchers, entran y salen atropellados entre la herrería de la silla de café. El schnnauzer se agita amenazando bajar de los brazos de su dueña. Muchas cejas arqueadas alrededor contemplan la escena, esperando que termine algún día. Una de las señoras advierte, mi chiquito se volvió loco te voy a dejar, compro algo de jamón y subo. La otra responde, tranquila, más tarde te llevo un pedacito de torta del cumpleaños de mi nieta. Valga decir que los animales no se vieron más ese día y pasaron a otros asuntos.