20210618

Salsa

Ya era tarde, y no había comprado el hielo aún. Pensé en ir hasta el supermercado para comprar al menos dos bolsas. Al cruzar la esquina, veo al mismo grupo de borrachos de todos los días, discutiendo, pero abrazados:-Tú no sabes un coño de música..... ¡Julio Miranda es el papá de los helados..! No me distraje y seguí, a paso ligero, directo al supermercado para comprar lo que faltaba. De cualquier forma, el ambiente en la calle me ayudaba: los viernes de quincena todo se acelera un poquito. Era como caminar en una transportadora de esas que están en los aeropuertos...

Mi cumpleaños realmente había sido el martes, pero dado que la mayoría de mis amigos debía trabajar al día siguiente, decidí cuadrar la reunión para el viernes, de manera que quien quisiera rascarse o quedarse no tuviera mayor problema. Al invitarlos por mensaje Whatsapp, les pedí que llegaran temprano, a eso de las 7 p.m. Les prometí buena música: recién había regresado esos días del Congreso de Sociología en Brasil y quería mostrar el repertorio de buenas canciones de Cartola, Jorge Ben, Adoniran Barbosa o Bezerra Da Silva, artistas de los que me enteré conversando con un perfecto extraño, en una taguarita frente a la Universidad de Pernambuco, en fluido portuñol. Ahora que lo pienso, siempre me dispongo a ser el gran selecter... colocando sets que se paseen por el bossa, el latin jazz, el step-dub, o hasta el rockabilly, y me imagino a la gente animada, dispersos en varios grupos por toda la sala de la casa, sonriendo con sus tragos de colores en las manos... pero es algo que nunca se concreta en su totalidad, porque siempre alguien termina aburriéndose y pidiendo “el Nazareno” o “Pedro Navaja”, para cantarlas a todo pulmón.

A medida que iban llegando los invitados les ofrecía los licores a disposición. Como ya era costumbre, la variedad de alcohol se armó con algunas cosas que compré y otras que traían los mismos invitados. A esos de las 8:30p.m. llega mi amigo Ramiro, a quién tenía bastante tiempo sin ver. Le abro la puerta del edificio desde el intercomunicador, y como a los 15 minutos llega hasta la puerta de mi apartamento. Ramiro fue compañero de estudios en la Universidad Central de Venezuela y desde entonces hemos sido grandes amigos. Saluda al resto de los invitados sólo levantando la mano y decide sentarse en uno de los brazos del sofá. Me detuve de pie frente a él y le solté, mientras pellizcaba cada uno de mis dedos a medida que le enumeraba: -Chamo, tengo “Ronaldo”, “Wisconsin”, birra, una vaina que trajo Amílcar que se llama “Cheminiao”, y vino tinto. Levantó la cabeza para dirigir su mirada hacia mí, pero entrecerrando los ojos: -Hoy voy a mariquear un rato, déjame el vinito, sentencia. Asumí que quería ponerse algo intelectualoso, descorché un malbec que era perfecto para ese tipo de situaciones y empecé a hablarle sobre el Congreso. A medida que iba hiriendo el corcho con el rabo de cochino punzo-penetrante, le hablaba sobre las peripecias para tomar la ruta Catxangá-Boa Viagem, que te dejaba justo frente a la Facultad de Ciencias Sociales, sobre la sorpresa que me llevé el primer día al comprobar que Recife era como Higuerote más desarrollado, y que, así como pasa aquí con las peluquerías, allá se ven de a dos o tres concesionarios por cada cuadra: -Qué curioso... advierte Ramiro, mientras acaricia su mentón, como quien extraña una barba recién afeitada. 

Estuve un buen rato describiendo la calidad de las cervezas, la excentricidad de la tapioca y el jugo de aguacate. También me extendí en detalles sobre la belleza de la playa de Boa Viagem, la paz mental que te provocaba el casco histórico de Olinda, del concierto insospechado y gratuito de Gotan Project, o de cómo tendí un puente de familiaridad con una señora que advirtió mi entusiasmopor tomar varias fotos de una plaza bellísima a través de la ventana del autobús, señalándome que esa plaza había sido diseñada por el mismísimo Roberto Burle-Marx, arquitecto y paisajista brasilero que derramó su talento también en tierras venezolanas, dato que -prácticamente en señal de agradecimiento-le obsequié a la señora, para que también regresara a su casa con una bonita anécdota de un extranjero. 

Y no nos tardamos mucho en llegar a los vericuetos de la disciplina. Alentado por el efecto del vino, me adentré cada vez más en sesudas reflexiones sobre el presente y futuro de las ciencias sociales en América Latina, los dilemas presentes en las nuevas políticas sociales de la región, los desafíos en sociología política y los sempiternos retos de la metodología, la conferencia magistral de Emir Sader, la irrupción de los estudiantes chilenos demandando educación gratuita, el papel de Rafael Caldera en la conformación de la Asociación Latinoamericana de Sociología, la clara orientación de izquierda de todo el congreso, y otras cosas que a estas alturas ya olvidé... La atención de Ramiro se limitaba a pequeñas intervenciones monosilábicas, a veces en forma de mantras mutilados. Asumí que eran temas que podían entusiasmarlo, sobre todo por la suntuosidad con la que se revelaron ante mí y que me esforcé por transmitirle: jóvenes estudiantes de maestría o doctorado, investigadores y docentes de toda la región, que iban y venían mostrando natural inteligencia y compromiso con sus respectivas pesquisas, desfilando por los pasillos de la universidad, creando un fondo musical maravilloso y estimulante, compuesto por el murmullo palpitante de varios idiomas, acentos y modismos... Descripción que sólo obtenía como respuesta de Ramiro esas sonrisas de una sola comisura, muecas hechas por un duendecillo invisible de la cortesía, que hala desde tu cabeza con un hilo también invisible, una esquina de tu boca. 

Me levanté un segundo para abrir otra botella de vino. Eché un pequeño vistazo al resto de la sala para ver cómo estaban los invitados. Todos entretenidos, conversando de cualquier cosa, unos hablando en grupo, luego vi dos amigas que al parecer tenían algo importante que decirse, otro regresando de la mesa con un pequeño embutido arropado con una rebanadita de pan... Y todas las conversaciones cabalgando natural y alegremente al ritmo de “Mas que nada”, pero la original de Jorge Ben. Retomo mi diálogo (monólogo) con Ramiro, y lo observo en el mismo lugar del sofá, sin interactuar con nadie, impávido, observando a la pared, inclinado ligeramente hacia delante,girando suave, muy suave, su copa de vino... Ante esa escena no me queda otra opción que preguntarle cuál era la razón de su distracción, su aislamiento, su parquedad. Luego de levantar su cabeza cinco segundos para verme a los ojos, me empezó a relatar, sin preámbulo alguno, como quien evade la conversación, sobre una pequeña parada antes de venir a mi casa para comer un shawarma en un puesto nuevo ubicado a la salida de la universidad. Me acerco más a él porque su voz no termina de proyectarse. Con la mirada en el suelo, y casi a modo de excusa, me dice que estuvo toda la tarde dando clases y sin haber almorzado, así que el hambre que sintió al final de la jornada fue terrible... Según sus propias palabras, el pobre enrollado mixto sufrió “los estragos estéticos de quien no ve más futuro que la comida frente a sus ojos, víctima de las innumerables salsas que puede ofrecer un local de comida árabe administrado por un venezolano”. 

Luego de comer, caminó directo hacia el metro, con un pequeño malestar digestivo, pero al que no le prestó mayor atención. A medida que se iba acercando a la estación Los Cortijos, la más cercana a mi casa, pues la molestia se hacía cada vez más persistente. Esperando que al llegar se le pasara el malestar, lo ignoró por completo y caminó las últimas tres cuadras antes de llegar a mi edificio. Me llamó por el intercomunicador, se identificó en la vigilancia y entró al ascensor, donde tuvo un encuentro hermoso y repentino, con una muchacha que de inmediato hizo contacto visual con él. La chica no era alta ni voluptuosa, pero sostenía tres libros entre sus brazos, y unos labios rosaditos enmarcados en un rostro de ojos achinados y un cabello muy lacio y muy negro. Ramiro me dice que fue asaltado por  una necesidad ardorosa de conversar con esa chica. Aprovechó la fantástica casualidad de conocer uno de los tres libros que tenía sujetos, así que le recomendó, sin ser consultado, la primera novela de ese mismo autor, así como la película que hizo no sé cuál director sobre esa historia. La fluidez del diálogo fue perfecta en un viaje de nueve pisos, y unas sonrisas tímidas rebotaban en los espejos del ascensor, así que Ramiro estaba bastante contento, pero justo en el momento en el que le deletreaba el apellido del director de la película... sus palabras fueron atropelladas por un mini vómito que no pudo contener, y que la chica llegó a notar. Maldito shawarma. La despedida en el piso nueve y el trayecto hasta el piso doce fueron los momentos más grises de su vida. Luego de narrarme tan desdichado momento, me preguntó que si eso no suponía una triste metáfora de su vida, ver cómo su ingenio se pierde en pequeños episodios de involuntaria regurgitación, causados por decisiones apresuradas, y que terminan provocando náuseas en otras personas. Obviamente, no supe qué responder. Le pregunté si el vino que estaba bebiendo no le estaba haciendo daño, si no prefería otra cosa, Me dice: “Tranquilo, ya lo estoy expulsando todo”. Me fui hasta la laptop, busqué entre mis archivos de música algo de Héctor Lavoe para que sonara un rato en la sala, y así colmarnos todos en solidaridad con el compañero.

20180315

Instinto


Una señora se acerca con su perrito schnnauzer a saludar a otra en un café-panadería, esta última acompañada de dos canes raza pincher. Muy elocuentes ellas. Muy frescas. Muy cordiales. La primera, entre 60 y 65 años aproximadamente, de pie con el perrito sobre el antebrazo, con su correa suelta y colgando. La segunda, sentada, con ambos perritos parados en el asiento de una silla, algo inquietos, pero sin intentar bajarse, sujetos al espaldar de hierro forjado. Ambas mujeres intercambian impresiones sobre el sol que está apretado hacia las 3 de la tarde, de un tal señor gocho-que-vende-los-quesos que se le puede encargar, y de cuánto se estaba tardando el trabajo de la alcaldía. Ya van para un mes, dice la del schnnauzer. Yo creo que mes y medio, replica la de los pinchers. Mientras tanto, las miradas de odio irracional y feroz que se intercambian los canes pasan bien disimuladas. La tensión entre los tres animales emite cierta vibración de fondo. Intercalados entre chismes y chistes de las amigas, brillan intermitentes los pequeños colmillos. Como recordando viejas afrentas, esperando el primer movimiento del oponente, anhelando una gran batalla épica... así luce la danza trémula de los perritos. El entorno se vuelve brumoso, y los humanos son sólo piel, sangre y huesos que se atraviesan torpemente en el paisaje. Se dijo en algún momento, en algún sitio, que no hubo ni habrá circunstancia que atenúe el arrebato de los instintos cuando son invocados desde lo más profundo de tu naturaleza, cuando suben efervescentes desde lo insondable de tu ser. Si los impulsos de la especie calientan el cuello, y hierven la saliva en la garganta, en el instante que retan a tu raza, tus genes, tu estirpe, tus ancestros, en ese punto en el que no existe más que fruición, entrega, honra, custodia y canto a lo bestial... es cuando estallan los ladridos. Una ráfaga de ladridos. Dramáticos, punzantes, hirientes. Con algunas inflexiones más graves, pero volviendo a escalar con cierta agudeza. Los pinchers, entran y salen atropellados entre la herrería de la silla de café. El schnnauzer se agita amenazando bajar de los brazos de su dueña. Muchas cejas arqueadas alrededor contemplan la escena, esperando que termine algún día. Una de las señoras advierte, mi chiquito se volvió loco te voy a dejar, compro algo de jamón y subo. La otra responde, tranquila, más tarde te llevo un pedacito de torta del cumpleaños de mi nieta. Valga decir que los animales no se vieron más ese día y pasaron a otros asuntos.


20130625

Sobrecargado

   Allí estaba: con su vestidito ceñido, su cabello bien peinado y firmemente sujeto con una cola, dando las indicaciones de cuáles eran las salidas de seguridad, cómo inflar el chaleco salvavidas y señalando las luces en el suelo a todo lo largo del pasillo. Mientras giraba instrucciones, con su mirada perdida, quizás al fondo del avión, quizás mucho más allá, en el continente anterior, yo la imaginaba despertando sin nada de maquillaje, despeinada y con mal aliento, jugando truco con sus amigos o yendo a la playa con sus amigas, sacando la cerveza de una cava llena de hielo. Y así mientras iba de un extremo al otro del avión, con su uniforme impecable, verificando si teníamos los cinturones abrochados, yo la trasladaba al Junquito, con su gorrito y sus guantes de lana, comiendo fresas con crema y mirando juntos desde la cerca a los caballos resignados a pasear niños insufribles y malcriados… Nada más verla, con tanta gracia y elegancia desplazando el carrito de las bebidas, deteniéndose cada tres puestos para atender a los pasajeros, bastaba para enviarla inmediatamente a la pradera de mis sueños, donde había un hipermercado en el que ella escogía los ocumos más tiernos, las chuletas más rosadas, y su caja de Special K, escenario de ensueño, y yo, espectador en primera fila,  donde podía verla desfilar a la cola de la caja para pagar, contando uno a uno sus cesta tickets. 

Parsimonia

El cierre de la comitiva era casi a las seis. Sin embargo, yo aplicado caminaba por la calle, saltando enormes alcantarillas, algunas con canales, otras con fosos, y veía ascender sobre mí cualquier cantidad de personajes, unos más absortos que otros. Me calmé y me senté en una pequeña parte de una escalera que pude alcanzar, y desde allí  me encontraba presente y no lo estaba: y observaba, cuántos sombreros combinados con carteras, cuantos chicles pegados al zapato, las distintas geometrías de la desesperación, de la intranquilidad, así como los distintos rostros de lo unidimensional. Observé como existe el agavillamiento entre las palomas, y de cómo las narices y los senos son parte de una inmensa cordillera humana, que se encuentra en perpetuo movimiento telúrico. 

20130501

Una Mano

Tengo una mano, con cinco dedos
En cada dedo hay un nido
Aves distintas, distintos plumajes
Distintas formas de volar.
 Va y regresa sobre el lomo de cualquier perro
Se hunde en la arena
Ve a la rana cantando, y la mano se convierte en tarima
La eleva entre los arbustos
Se ilumina todo el escenario
 Y las aves ya crecidas en cada dedo, la acompañan en el coro
En su palma surcan ríos de impaciencia
Corren las curiaras con navegantes propios y extranjeros
Selvas que gritan en mil idiomas
Y la respuesta sagrada de un brioso caudal de tinta

20130210

Estrellitas de mar

Se visten con candidez y virtud
Para desfilar en pasarelas de vicio
Usando la desidia como perfume
Impregnando todo lugar, cada sitio
 Administra el bar de la esquina
Sirviendo a los borrachos de poder
Mientras otros limpian las mesas de vómito, sangre y desfachatez
 Quieres ser el mensajero de algo
Eres el edecán de la nada
Quieres ser la asistente del mago
Eres la secretaria manchada
 A donde conducen las metas del infeliz
Si no a hacer infeliz al ajeno
Mayor regodeo del servil
Que masticar sucios fardos de heno
 Se ajusta la sordidez como sombrero
Pesadas cuentas adornan tu cuello
Las ideas caen contra el suelo
Como esputos de un infectado camello
 Debes callar tus heridas
Sólo veo pústulas por palabras
Siempre abriendo tus cicatrices
Nunca sanarás esas llagas
 Atada al mástil del barco hundido
Sin siquiera haber llegado a alta mar
No conociste el placer de tierra firme
Pusilánime no aprende a bucear

20120829

Sábado, 19

La gota corría con lentitud, como si arrastrara a otras gotas hacia abajo por el aluminio, para así despedirse del ambiente frío en el que hasta hace segundos vivía, cuando era un trocito de hielo. Parecía como si asumiese estoica su caída en la arena, donde se inmolaría con el resto de los recuerdos. Silvina sostenía su lata de cerveza, la giraba y la observaba, detallando la sensación de la libertad. La abrió y bebió de su interior, comprobando igualmente el sabor de la libertad.

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Yo ya estaba bastante despierta cuando la playa apenas estaba empezando a despertarse. Llegué casi a las 6:30 a.m., por esta razón, la cara del muchacho que alquila las sillas se convirtió en un pequeño Picasso cuando le indiqué mi petición:
- Hola chamito, cuando tengas un chance tráeme una cava con 8 soleras bien frías, por favor.
- ¿?
- Solera verde preferiblemente…
- (…) Ok...
Era la cantidad justa y necesaria para dedicarse a la asechanza un sábado en La Guaira.
A esa hora, el cielo es un delgado y tibio velo color naranja que cubre el paisaje costero. Me detengo frente al mar, lo admiro, lo huelo y absorbo en toda su enormidad. A medida que asciende el sol, y el calor baja en finos hilos hormigueantes hasta mi cabeza, cuello y espalda, advierto cómo se van incorporando a la playa más y más personas. A mi derecha, una pareja de gays delgadísimos emprenden su caminata matutina más cerca del agua, y a lo lejos, la música empieza a retumbar, donde una camarilla de jóvenes se instalan detrás de una camioneta para disfrutar del potente equipo de audio instalado en la maleta del vehículo, que se abre por completo como si fuese una gran boca metálica, aullándoles en sus rostros el último reggaeton de moda. A 200 metros a la izquierda distingo a un perro corriendo y abriéndose paso entre un grupo de palomas, que se dispersan torpemente por el aire ante la abrupta visita. Me quedo un rato saboreando esa imagen…
Aún en estas circunstancias, puedo decir que estaba enfocada. Y esa era la mejor manera de garantizármelo: bajando completamente sola a Playa Carmín ese sábado 19. Mi vuelo salía mucho después del mediodía, y Fabricio aún no iba a aparecer, así que me entretuve un rato con el jugueteo de los dedos de mis pies dentro la arena, y gracias a mis uñas recién pintadas, lograba imaginar que desenterraba pequeños rubíes que alguien dejó olvidados, pequeñas joyas que estaban sólo al alcance de mi vista.
Empecé a sentir hambre. Eran las 7:45 a.m. Llamé nuevamente al muchacho que me atendió temprano:
- ¡Chamo, chamo!... ¿tienen empanadas?
- Sí claro…
- ¿De qué las tienes?
- Queso, molida, cazón y calamar…
- ¡Qué bien! Dame una de molida y otra de calamar… y no te olvides de la salsita!…
- Ok.
Pequeños placeres que me sirven de juego previo, antes del desagravio..
Ya había transcurrido un mes desde mi regreso a Caracas, y apenas hoy, en mi último día en Venezuela, lograba acercarme a la costa. Si bien la estancia en Melbourne me reconciliaba de a ratos con el mar, mi oficio –que no es precisamente el más glamoroso-, junto con el carácter de los australianos, no me ayudaba a crear un ambiente lo que llamamos “cálido”.
Volver a una ciudad como Caracas pues…no es fácil. En mis días pesados solía caminar a orillas del Río Yarra o admirar en sus infinitos detalles la bahía de Port Philip hasta donde mi vista lo permitiera. Por el contrario, conducir de mi casa (o la casa de mis padres mejor dicho) al trabajo de Fabricio durante las mañanas de tráfico caraqueño, sólo podía hacerse llevadero con música, con los guiños y maniobras en el retrovisor mientras me maquillo las cejas, o con el desayuno aún caliente dentro del carro. Pero la vuelta a casa en hora pico, suponía padecer algo parecido a como si una boa gigante, atravesando toda la ciudad, me tragara en Boleíta, para digerirme mal durante una hora y media, y luego me cagara en El Paraíso. Tal era la sensación de despojo que experimentaba luego de bajarme del carro. Además, a esto hay que agregar el ligero estrés de pedirle prestado el carro a mis padres sin dar una explicación coherente, y recorrer la ciudad a escondidas, de incógnito.
A pesar de este estrés, pude felizmente comprobar que Fabricio seguía allí, trabajando en la misma empresa de su papá, llegando a la misma hora, ubicado en el mismo piso y en la misma oficina. Nada había cambiado para él. Todo seguía intacto, todo continuaba igual, como esas bolsitas de salsa de soya que te dan al comprar comida china, y que están condenadas a permanecer en el mismo rincón de la nevera. Hasta que alguien decida romperlas, claro…
Ese sábado 19 me sentía a mis anchas, estaba cómoda. Recordaba mi empleo, a mis perros, lo hermosos y lo obedientes que eran, cómo respondían a mis órdenes: “¡Atención!”, “¡Morder!”, “¡Soltar!”, “¡Guarda!”. Se acercaban con un trote campechano a mi memoria las conversaciones con los dueños, mis clientes, sobre la predisposición genética de algunas razas al ataque o al ladrido, o de la necesidad de evitar la sobre exposición “cuerpo a cuerpo”, ya que tanto ellos como yo quedábamos encariñados con los animales… pero de igual forma, recordaba mi decisión de viajar a Australia, tan lejos de mi país.
Es difícil olvidar como -luego de una salida al cine, y en un momento en el que accidentalmente mi celular se desliza debajo del asiento de la camioneta 4x4 de Fabricio-, me topo con una pequeña libreta que, plagada de precisas instrucciones, comentarios al margen, diagramas, ilustraciones, y hasta desplegables interactivos, resumía en forma bien didáctica 153 posiciones sexuales. Sí, mi novio al parecer era un insospechado genio sexual, con la mayor inventiva y creatividad nunca antes conocida, que jamás llegué a disfrutar. Su monótona y predestinada vida no asomó en ningún momento la fertilidad de su imaginación para el sexo. De ningún modo fui parte de sus intrincados experimentos. Y hay que ver que era creativo: si bien estaban presentes en la libreta pequeñas variantes de las posiciones más tradicionales, no puedo sacar de mi cabeza maniobras y contorsiones tan insólitas como sus propios nombres: “Fantasmita”, “Singer Frog”, “el Círculo Bolivariano”, “Geiser de Yellowstone”, y quién sabe cuántas barbaridades más que ahora no recuerdo, pero sobre todo, de las que nunca pude ser conejillo de Indias…
El pasmo y la frustración me dispararon a otro país, muy lejos, bien lejos, lo más lejos posible de Venezuela. Pero en algún punto asumí que debía repararme, resarcir de alguna forma 4 años de abandono y negligencia para con mis necesidades más íntimas durante mi noviazgo con Fabricio. Por lo que decidí volver. …
Ya faltaba un cuarto para las diez, hora en la que Fabricio acostumbraba bajar con sus amigos a surfear. Sentada en la silla playera, mi ansiedad prácticamente estaba obligando a mis piernas a aplaudir. Mastico una mezcla de masa frita con pequeños tentáculos guisados, mis ojos entrecerrados se encuentran fijos en la entrada de Playa Carmín, mientras sostengo mi solera verde, que de forma inexplicable se mantiene aún fría... Y entre mis sienes retumbaban los comandos… “atención”, “morder”, “soltar”…