Sobrecargado
Allí estaba: con su
vestidito ceñido, su cabello bien peinado y firmemente sujeto con una cola,
dando las indicaciones de cuáles eran las salidas de seguridad, cómo inflar el
chaleco salvavidas y señalando las luces en el suelo a todo lo largo del pasillo.
Mientras giraba instrucciones, con su mirada perdida, quizás al fondo del
avión, quizás mucho más allá, en el continente anterior, yo la imaginaba
despertando sin nada de maquillaje, despeinada y con mal aliento, jugando truco
con sus amigos o yendo a la playa con sus amigas, sacando la cerveza de una
cava llena de hielo. Y así mientras iba de un extremo al otro del avión, con su
uniforme impecable, verificando si teníamos los cinturones abrochados, yo la
trasladaba al Junquito, con su gorrito y sus guantes de lana, comiendo fresas
con crema y mirando juntos desde la cerca a los caballos resignados a pasear
niños insufribles y malcriados… Nada más verla, con tanta gracia y elegancia
desplazando el carrito de las bebidas, deteniéndose cada tres puestos para atender
a los pasajeros, bastaba para enviarla inmediatamente a la pradera de mis
sueños, donde había un hipermercado en el que ella escogía los ocumos más
tiernos, las chuletas más rosadas, y su caja de Special K, escenario de
ensueño, y yo, espectador en primera fila, donde podía verla desfilar a
la cola de la caja para pagar, contando uno a uno sus cesta tickets.
1 comentario:
Espectador de lo real en la fantasía
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