20120829

Sábado, 19

La gota corría con lentitud, como si arrastrara a otras gotas hacia abajo por el aluminio, para así despedirse del ambiente frío en el que hasta hace segundos vivía, cuando era un trocito de hielo. Parecía como si asumiese estoica su caída en la arena, donde se inmolaría con el resto de los recuerdos. Silvina sostenía su lata de cerveza, la giraba y la observaba, detallando la sensación de la libertad. La abrió y bebió de su interior, comprobando igualmente el sabor de la libertad.

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Yo ya estaba bastante despierta cuando la playa apenas estaba empezando a despertarse. Llegué casi a las 6:30 a.m., por esta razón, la cara del muchacho que alquila las sillas se convirtió en un pequeño Picasso cuando le indiqué mi petición:
- Hola chamito, cuando tengas un chance tráeme una cava con 8 soleras bien frías, por favor.
- ¿?
- Solera verde preferiblemente…
- (…) Ok...
Era la cantidad justa y necesaria para dedicarse a la asechanza un sábado en La Guaira.
A esa hora, el cielo es un delgado y tibio velo color naranja que cubre el paisaje costero. Me detengo frente al mar, lo admiro, lo huelo y absorbo en toda su enormidad. A medida que asciende el sol, y el calor baja en finos hilos hormigueantes hasta mi cabeza, cuello y espalda, advierto cómo se van incorporando a la playa más y más personas. A mi derecha, una pareja de gays delgadísimos emprenden su caminata matutina más cerca del agua, y a lo lejos, la música empieza a retumbar, donde una camarilla de jóvenes se instalan detrás de una camioneta para disfrutar del potente equipo de audio instalado en la maleta del vehículo, que se abre por completo como si fuese una gran boca metálica, aullándoles en sus rostros el último reggaeton de moda. A 200 metros a la izquierda distingo a un perro corriendo y abriéndose paso entre un grupo de palomas, que se dispersan torpemente por el aire ante la abrupta visita. Me quedo un rato saboreando esa imagen…
Aún en estas circunstancias, puedo decir que estaba enfocada. Y esa era la mejor manera de garantizármelo: bajando completamente sola a Playa Carmín ese sábado 19. Mi vuelo salía mucho después del mediodía, y Fabricio aún no iba a aparecer, así que me entretuve un rato con el jugueteo de los dedos de mis pies dentro la arena, y gracias a mis uñas recién pintadas, lograba imaginar que desenterraba pequeños rubíes que alguien dejó olvidados, pequeñas joyas que estaban sólo al alcance de mi vista.
Empecé a sentir hambre. Eran las 7:45 a.m. Llamé nuevamente al muchacho que me atendió temprano:
- ¡Chamo, chamo!... ¿tienen empanadas?
- Sí claro…
- ¿De qué las tienes?
- Queso, molida, cazón y calamar…
- ¡Qué bien! Dame una de molida y otra de calamar… y no te olvides de la salsita!…
- Ok.
Pequeños placeres que me sirven de juego previo, antes del desagravio..
Ya había transcurrido un mes desde mi regreso a Caracas, y apenas hoy, en mi último día en Venezuela, lograba acercarme a la costa. Si bien la estancia en Melbourne me reconciliaba de a ratos con el mar, mi oficio –que no es precisamente el más glamoroso-, junto con el carácter de los australianos, no me ayudaba a crear un ambiente lo que llamamos “cálido”.
Volver a una ciudad como Caracas pues…no es fácil. En mis días pesados solía caminar a orillas del Río Yarra o admirar en sus infinitos detalles la bahía de Port Philip hasta donde mi vista lo permitiera. Por el contrario, conducir de mi casa (o la casa de mis padres mejor dicho) al trabajo de Fabricio durante las mañanas de tráfico caraqueño, sólo podía hacerse llevadero con música, con los guiños y maniobras en el retrovisor mientras me maquillo las cejas, o con el desayuno aún caliente dentro del carro. Pero la vuelta a casa en hora pico, suponía padecer algo parecido a como si una boa gigante, atravesando toda la ciudad, me tragara en Boleíta, para digerirme mal durante una hora y media, y luego me cagara en El Paraíso. Tal era la sensación de despojo que experimentaba luego de bajarme del carro. Además, a esto hay que agregar el ligero estrés de pedirle prestado el carro a mis padres sin dar una explicación coherente, y recorrer la ciudad a escondidas, de incógnito.
A pesar de este estrés, pude felizmente comprobar que Fabricio seguía allí, trabajando en la misma empresa de su papá, llegando a la misma hora, ubicado en el mismo piso y en la misma oficina. Nada había cambiado para él. Todo seguía intacto, todo continuaba igual, como esas bolsitas de salsa de soya que te dan al comprar comida china, y que están condenadas a permanecer en el mismo rincón de la nevera. Hasta que alguien decida romperlas, claro…
Ese sábado 19 me sentía a mis anchas, estaba cómoda. Recordaba mi empleo, a mis perros, lo hermosos y lo obedientes que eran, cómo respondían a mis órdenes: “¡Atención!”, “¡Morder!”, “¡Soltar!”, “¡Guarda!”. Se acercaban con un trote campechano a mi memoria las conversaciones con los dueños, mis clientes, sobre la predisposición genética de algunas razas al ataque o al ladrido, o de la necesidad de evitar la sobre exposición “cuerpo a cuerpo”, ya que tanto ellos como yo quedábamos encariñados con los animales… pero de igual forma, recordaba mi decisión de viajar a Australia, tan lejos de mi país.
Es difícil olvidar como -luego de una salida al cine, y en un momento en el que accidentalmente mi celular se desliza debajo del asiento de la camioneta 4x4 de Fabricio-, me topo con una pequeña libreta que, plagada de precisas instrucciones, comentarios al margen, diagramas, ilustraciones, y hasta desplegables interactivos, resumía en forma bien didáctica 153 posiciones sexuales. Sí, mi novio al parecer era un insospechado genio sexual, con la mayor inventiva y creatividad nunca antes conocida, que jamás llegué a disfrutar. Su monótona y predestinada vida no asomó en ningún momento la fertilidad de su imaginación para el sexo. De ningún modo fui parte de sus intrincados experimentos. Y hay que ver que era creativo: si bien estaban presentes en la libreta pequeñas variantes de las posiciones más tradicionales, no puedo sacar de mi cabeza maniobras y contorsiones tan insólitas como sus propios nombres: “Fantasmita”, “Singer Frog”, “el Círculo Bolivariano”, “Geiser de Yellowstone”, y quién sabe cuántas barbaridades más que ahora no recuerdo, pero sobre todo, de las que nunca pude ser conejillo de Indias…
El pasmo y la frustración me dispararon a otro país, muy lejos, bien lejos, lo más lejos posible de Venezuela. Pero en algún punto asumí que debía repararme, resarcir de alguna forma 4 años de abandono y negligencia para con mis necesidades más íntimas durante mi noviazgo con Fabricio. Por lo que decidí volver. …
Ya faltaba un cuarto para las diez, hora en la que Fabricio acostumbraba bajar con sus amigos a surfear. Sentada en la silla playera, mi ansiedad prácticamente estaba obligando a mis piernas a aplaudir. Mastico una mezcla de masa frita con pequeños tentáculos guisados, mis ojos entrecerrados se encuentran fijos en la entrada de Playa Carmín, mientras sostengo mi solera verde, que de forma inexplicable se mantiene aún fría... Y entre mis sienes retumbaban los comandos… “atención”, “morder”, “soltar”…

20120502

El impulso

Voy por la carretera a 120 kilómetros por hora, con la sombra mayor vigilándome. El sonido de las olas me pone nervioso. Conduzco buscando una respuesta... una señal. No llegaba y pensaba, ¿y si la busco en otro lado? Imaginaba salir de la vía por unos segundos, girar el volante sólo 45 grados a la izquierda, era tan fácil, tan magnético, como si el canto de alguna sirena guaireña penetrara la carrocería, se filtrara a través de la emisora que tenía sintonizada en ese momento y me invitara al mar, que está a 7 metros de distancia, muy cerca… Con unos tambores sonando a lo lejos, caigo por el desfiladero, y atravieso la película de agua, estallando en diamantes pequeñitos, y poco a poco el crujido del latón se enmudece, y unas anguilas con crines doradas me ayudan a salir, y me quedo a observarlos, como un documentalista de la liberación, en su propio ambiente, con sus hábitos, y sus alimentos, y veo otros peces, y me siento cómodo, me mimetizo y me convierto en alga, ondeando sin cesar, sobre todo cuando la luna prende sobre el océano.

20120501

La casa quebrada

Tengo una casa quebrada por la mitad. Tiene una grieta inmensa en el centro. Solía tener un hermoso cuarto, con libros, abrazos y un olor a velas aromáticas que llegaba desde la sala, pero también se quebró. Quienes visitan la casa ven con pena el suelo resquebrajado y, así como yo hago noche tras noche al llegar del trabajo, saltan y esquivan formando extrañas figuras para no tropezar. En la nevera tengo un cóndor que le falta un ala, y unas guajiras que miran con un solo ojo. También me queda un petroglifo que sostiene las llaves siempre inclinado, desbalanceado, y unas gorditas de Botero mostrando sólo el torso. Cocino ricos platos, pero dado el desnivel, siempre doy traspiés, y terminan cayendo y pudriéndose dentro de la triste fisura. Cuando paso mucho rato en la casa, termino mareado, por lo que busco salir para recordar cómo es caminar derecho, o quizás para olvidarlo. Y al regresar -un regreso inerte-, me encuentro con lo que solía ser la sexta mejor vista del mundo, ahora convertida en la primera peor vista de la casa, una casa quebrada por la mitad.

20120109

Placer culposo

A pesar de que ya conocía la trama, de que la había visto al menos media docena de veces desde mi pubertad, y que esa tarde de sábado la agarré a media hora de finalizar, no pude evitar quedarme nuevamente enganchado con la nobleza ejemplar de Daniel Sam, y la sabiduría todo terreno del maestro Miyagi, en la célebre Kárate Kid II. Recuerdo que la imagen de un huracán, que prometía arrasar con la tradicional y comunitaria Okinawa, me retuvo por unos breves minutos para comprobar, una vez más, que no existe acontecimiento de la naturaleza que detenga el temple, la osadía, el valor y la magnanimidad de hombres como Daniel Larusso y el Sr. Miyagi. Quedarnos en estas cualidades, pues ya produce un destello enceguecedor sobre nuestras mundanas y pueriles almas de quince y último. A todo esto hay que agregar la fuerza sobre humana de la que hace gala el siempre asertivo Sr. Miyagi cuando decide, sin más mandato que su don de buena gente, romper una descomunal columna de madera de aproximadamente 40 cm de grosor, y sin mayor recurso que su mano y su concentración, para salvar a Cato, un viejo enemigo de su pueblo natal. Así como me divertí con la escena cuasierótica del ritual del té, pasaron los minutos, y caí en cuenta de que estaba disfrutando a mis anchas de la precisión y gracia que nutren la escena del bailecito con la japonesa despeinada, espacio de distracción que cayó muy bien luego de la tragedia que supuso el huracán para la apacible Okinawa. Pero el entretenimiento duró poco (dentro de la trama de la película, para mí continuaba), porque en el momento de mayor despliegue de belleza coreográfica, entra a escena un godo malandrín, de honor mancillado, aferrado al firme propósito de arruinar tan bonito festival, movido por su sed de venganza. Este vándalo, quién ya había mostrado sus costuras en uno de los momentos más críticos de la película, ganándose el desprecio de su propio tío, no tuvo mejor idea que retar a duelo al intachable Daniel, bajo la amenaza de malherir a su querida danzarina. Cayendo en cuenta de que, ya no se trataba de un torneo, sino de una amenaza real a su vida y a la de su amada, Daniel Larusso se arma de coraje, y decide enfrentar con la voluntad que no acompaña a su musculatura, al sobrino y pupilo de Cato. Golpes van y golpes vienen, caídas, y pequeños cortes en el rostro salpican de sangre la escena. La perseverancia del truhán languidece el arrojo de Daniel Sam, quién poco a poco ve como se nublan las posibilidades de rescatar a su amada del oprobio. Sin embargo, los tamborcitos… esos tamborcitos que aparentaban tener un fin estrictamente decorativo, guardaban un poderoso secreto: encojonar a Daniel Sam hasta tal punto que ni Steven Seagal hubiese sido capaz de derrotarlo. Esa escena fue realmente emocionante... una costilla fracturada, un rostro maltrecho, y los ojos deprimidos del protagonista eran el perfecto testimonio de la coñiza y el abandono, pero el maestro Miyagi, bañado en asertividad, saca de su kimono un pequeño tambor, sostenido por un palo y con dos bolitas guindando a los lados, al que hace girar, percutiendo consistentemente en el cuero y en la mente de Daniel. Este gesto, rebosante de sabiduría, es imitado por el resto de los pobladores, recreando un bullicio que desconcentra al malandro y es experimentado por Daniel en una forma medio mística, inflándolo de fuerza y determinación, conduciendo a la película por el canal del éxtasis heroico. Cual ventilador poseído por un demonio japonés, Daniel acomete a carajazo limpio a su contrincante, extraviándolo totalmente de cualquier propósito malsano. En ese punto estaba tan imbuido en la escena, tan absolutamente absorto en el desenlace, que sentía que mi pecho, mis hombros, mis piernas temblaban, la cama, el cuarto, el propio televisor, todo se sacudía a mi alrededor. Esta sensación me hizo pensar por unos segundos que no debía meterme tanto en la trama de la película, porque obviamente estaba afectando mi percepción de la realidad y mi sentido del equilibrio. Hasta que caí en cuenta, por la cara de pánico de mi familia, que estábamos en medio de un temblor… Eran las 3:30 p.m. del sábado 12 de septiembre. Todos saliendo de la habitación deprisa, buscando sus cholas, ignorando cualquier recomendación de seguridad, y yo sentado, en la orilla del colchón, con el televisor aún encendido, un poco inquieto por el alboroto, pero disponiéndome con rapidez igualmente para salir del apartamento. A pesar del aturdimiento, tuve que ejercer un rol espontáneo de guía en medio de la confusión, conduciendo a mi hermana y a mis padres hasta la planta baja del edificio; creo que esperábamos encontrar de la nada algún refugio, estar más cerca de la calle en caso de una réplica o buscar alguna información, respuesta o consuelo en los vecinos, aún no lo sé. A medida que transcurrían los minutos, llegaban cada uno de los residentes del edificio, a compartir en un hacinamiento angustiante los pocos metros cuadrados del lobby, así como sus particulares formas de vivir el sismo, dependiendo de que tan alto estuviese ubicado su apartamento. Escuchaba sus relatos, mientras al fondo se planificaba algún tipo de inspección de daños en la edificación que luego serían reportados a los bomberos. Y nos íbamos enterando poco a poco de los detalles: 6,4 en la escala de Richter, con epicentro en el estado Aragua, que en Santa Mónica se sintió fuerte, que en la Panteón se quebró un edificio…Ya las cosas se calmaban un poco, yo me calmaba un poco, y veía uno que otro sollozo, como el de la vecina del piso once, morena, delgada, veinteañera, de piernas torneadas, que por los nervios y la prisa, bajó con su bata de dormir a medio acomodar, y estaba muy asustada, quebradiza, como la japonesita...