No sé si sólo era una impresión mía, pero cada vez se sentía más. Era cada vez más denso, penetraba por doquier. No había un espacio que todavía no estuviese contaminado por el fétido olor. Esa era mi impresión aclaro. Pero es que era realmente insoportable. No entendía cómo los allí presentes tuviesen tanta capacidad para soportar tan preocupante hedor.
Lo recuerdo claramente: estuve reunido aproximadamente 30 minutos, de los cuales veintinueve estuve totalmente asqueado. Sabía que asomarme era inhalar un aire enrarecido, que difícilmente iba a tolerar. Sin embargo, era mi obligación (aspirada y concedida) permanecer en el Centro hasta que fuesen discutidos y aclarados todos los puntos que se habían pautado. Como me lo había temido, no tardó mucho en despedirse en ese pequeño recoveco un tenue vaho de estrechez mental y vulgaridad que poco a poco se concentraba en cada una de sus paredes, en las puertas, en el piso, en el techo y en sus rostros. Estrechez y vulgaridad que no residen en las demandas manifestadas, sino en la insustancialidad de sus actos y palabras. Pareciera que la necesidad de asentar su alma en un sitio visible los lleva a valerse de las peores estrategias, entre ellas la de la fachada y el oportunismo.
Todo de lo que allí emanaba ya estaba enfermo. Contagiado desde el mismo momento de su nacimiento, el pensamiento abanderado no hacía más que apelar a la presencia del otro para poder probar su existencia. Semejante situación me resultaba bastante infeliz ¿Es madurez? ¿Es entendimiento y comprensión del entorno que me rodea? No lo creo. Es intemperancia, es salvajismo, es barbarismo del clásico. Es el sentimiento –legítimo hasta cierto punto- que maduró pero no se consumió en su momento, que no se aprovechó como era debido, y por ende, cayó en estado de putrefacción. Ahora entiendo: ya me intrigaba a mí que lo que destilaba de ese rincón no había sido advertido… ¡es que invisiblemente lo estaban glorificando, estaban orgullosos de su tufillo! Y ahora pretenden que todos seamos vertederos de tamaña insolencia ¡qué bolas tiene esa gente!
Me rehúso. Me niego totalmente a convertirme en el depósito de la insuficiencia de criterio (hediondez de las ideas) para complacer a los intereses de turno. Y bla, bla, bla, bla, bla, bla... en fin. El problema de esta posición es que corre el riesgo de perder lo fructífero de la práctica para caer en la esterilidad de la crítica.
José Luis Tapia S.
20090908
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