Jueves, el día tan anhelado, finalmente llegó. Luego de varias llamadas -tanto a su casa como a su teléfono móvil-, de desacuerdos a la hora de establecer la cita, de titubeos por parte de los parientes, de incomprensibles ataques de locura por parte del animal (quizás alertando como pitonisa la sorpresa que nos íbamos a llevar), pudimos concretar el encuentro entre nuestra salvaje nueva-huésped y su única vía de integración con la familia: la entrenadora. Por tal razón en ese momento era una nueva-huésped, ya que se convertiría en un miembro de la foto familiar en la medida en que se adaptara a las normas que regían su entorno; la libertad de otrora era el precio que tenía que pagar para recibir los beneficios de un hogar cálido, acogedor y sin las desavenencias de la vida callejera. Pierde para ganar, o como diría mi bisabuela: “es su primera clase de costo de oportunidad que le estaba dando la economía política de su vida”. Vainas de vieja. En fin, era esta entrenadora nuestra esperanza para apaciguar ese espíritu indómito y no se quería para nada perder tan inefable oportunidad.
Jamás se había vivido en esa casa momento tan curioso. No obstante, indiferentes ante la singularidad del suceso, la cita se cuadró para las 10:30 p.m., de modo que la NH. (como la llamaremos de ahora en adelante) pudiera fastidiar a su feliz anfitriona, despertarla, hacer saber a los anfitriones secundarios de sus travesuras nocturnas, "desayunar" (si es que alguna vez estuvo ayunando, tomando en cuenta la muestra tan variopinta de insectos que merodean la casa con jardín), y disfrutar de sus necesidades fisiológicas en la comodidad de la grama. Obviamente la hora fijada no estaba planeada para la satisfacción caprichosa de la NH, pero resultaba ineludible para sus anfitriones que se concretaran estas actividades. Además, le permitía a la entrenadora despertarse.
Jolgorio general, incomodidad, premura, ansiedad, y otras sensaciones se mezclaban irresponsablemente en esta situación. Luego de la llamada de confirmación de la cita, todo empezó a fluir mucho más ordenado: sólo habría que concretar el viaje desde la casa huésped hasta la training house (hay que hacer del inglés un idioma verdaderamente universal). Y nuestra NH ajena a cualquier escozor grupal… Su mundo estrictamente sensitivo le permitía salir airosa. Luego de aproximadamente -como quien dice, al ojo por ciento- 42,3 minutos de viaje, finalmente llegaron a la casa de la entrenadora.
Juro que antes no había visto morada tan confortable. Espaciosa, iluminada y con tonos muy vivos. La hubiese considerado una residencia de ensueño de no ser por el detalle de las cabezas de loro guindadas del techo. En fin… Nos atiende en la sala muy gentilmente una señora alta, semirrubia, de facciones fuertes y de edad difícil de calcular, si no es por la cantidad de fotocopias de cédulas, partidas de nacimientos, dientes de leche, ombligos con pinzas, etc., que se encontraban colgados con marcos muy bonitos en las paredes. Le presentamos a la NH causando en ella una buena impresión, cosa que agradó al grupo. Seguidamente, se aclararon algunos puntos, como por ejemplo, días de entrenamiento a la semana, régimen dietético a seguir por parte de la entrenada, indumentaria (sonará extraño, pero sí, debía llevar por lo menos toalla, un sujeta-orejas y una “cotonlicra”) y costo del entrenamiento en general, que si nos ponemos a ver, en estos tiempos en donde las necesidades se van recreando a la par de la metamorfosis de valores y la contaminación del aire, no me pareció tan, tan irracional.
Justo cuando ya estábamos de salida nos dice: “Vengan a buscarla como a las nueve de la noche…” Considerando que su entrenamiento empezó aproximadamente como a las 11:08 a.m., nos preguntamos de una forma muy serena: “¡¡¡¡¿¿qué tanta vaina tiene que enseñarle esa señora a la perra…??!!!..” La interrogante grupal era justa y legítima, sin embargo, no se mantuvo viva por más de 15 segundos. Simplemente se supuso, tácitamente, que esa era la mejor manera de trabajar que había concebido la entrenadora, y depositamos toda nuestra confianza en sus métodos.
Luego de transcurridas dos semanas, la entrenadora sugirió que además del jueves acordado, se añadiera el martes como día complementario de adiestramiento. Nuestra estupefacción fue mayúscula ante semejante sugerencia, empero, como en ocasiones anteriores, no duró mucho tiempo dentro de nuestras cabezas. Consideramos que tal petición no era más que otra muestra del excelente juicio y muy bien formado criterio de la entrenadora, y el tema se diluyó en la amodorrada e insensible noche. Dos días a la semana eran apropiados y punto.
Simultánea a la felicidad de los miembros del hogar anfitrión, ante la proximidad del momento en que la perra se convirtiese en un animal socializado y completamente educado, se advertía el estado de ánimo un poco gris de la N.H. Dicho estado de ánimo se reflejaba en un comportamiento retraído, huidizo y yo diría que hasta un poco arisco en algunas circunstancias. Nunca se llegó a mostrar del todo asocial, ni mucho menos agresiva, pero si era evidente que algo la estaba aquejando. Yo me lo imaginaba como aquella sensación, en la que una burbuja de aire queda atrapada en uno de tus costados cuando se trota sin respirar correctamente. Se puede seguir trotando, pero el malestar se mantiene. Así mismo me lo imaginaba. La perra tenía (metafóricamente), un dolor en uno de sus costados que no la estaba dejando ser completamente feliz.
Pasaron dos semanas más, catorce días en los cuales ya era notoria la escasez de temas de conversación, ya que todos se habían reducido a las incidencias, expectativas, especulaciones y anécdotas en torno al entrenamiento de nuestra N.H. Se pensaba en lo mucho que debía divertirse, en la cantidad de cosas aprendidas, en el cariño que estaría germinando en su corazón hacia su entrenadora, en fin, el hogar anfitrión había convertido la rutina de la perra en parte de su propia rutina, cosa que, sin saberlo, salpicaba un poco de color en sus sombrías existencias. Imaginar lo que podía o no haber ocurrido en esas tardes de ejercicios, era como recorrer en una montaña rusa inusitadas y maravillosas alegrías. Quizás por esta razón se recibió, con la más cándida de las satisfacciones, la solicitud de extender de lunes a viernes el entrenamiento canino.
Juntos y en familia, cenando unas espectaculares lonjitas de manatí que prepara la abuela, recibimos una inquietante llamada de la entrenadora. Nos estaba avisando que la perra se había escapado. Noticias perturbadoras y esta. Esta señora, a quien había descrito como una persona gentil, alta y a ratos caucásica, cómo podía decirnos a nosotros que la perra que le habíamos encargado se había extraviado, ¿cómo podía decirnos eso? Indudablemente, levantó el teléfono, discó, esperó a que cayera la llamada y le notificó a la persona que atendió (en este caso a un primo jamaiquino que estaba de visita en la casa). Pero no me refiero a eso. Lo que quiero decir es que… ¿cómo pudo llamar? ¿Cómo pudo mantenerse de pie después de semejante tragedia? ¿Cómo no estaba consumida de lleno por la tristeza y la culpa? ¡¿Cómo es posible que NH se haya fugado?! Un giro violento de aflicción nos tumbó irremediablemente al suelo.
La búsqueda se emprendió inmediatamente. Se alertó a la cooperativa de vecinos, a la junta de condominio del edificio contiguo, a la vigilancia, a los bomberos, a la patrulla de caminos, al ropavejero, al dueño de la tienda de aceites aromáticos, a la policía, a los barrenderos y heladeros, al señor que pule las pepas de mango que se caen todas las temporadas, al hippie que se la pasa pidiendo dinero en el centro comercial mientras toca la guitarra, a la alcaldía, a los filósofos, a una viejita que le da por sacarle punta a las colas de los gatos… a todos. Se había alertado a todos. El mensaje se extendió hasta donde las fuerzas y los contactos los permitieron. Sólo quedaba esperar… (y esperar, en este hogar donde las esperanzas estaban todas hacinadas en la figura de la perrita, era un acto poco menos que heroico).
Cómo era de esperarse, nos dirigimos inmediatamente a la casa de la entrenadora para indagar en las posibles razones de tan trágico suceso…
…………………………………
Pero no hubo mayor explicación. Transcurrió mucho tiempo entre la pérdida y la conciencia de la pérdida. La principal razón fue la vulgar indiferencia hacia la naturaleza del ser viviente. Y eso no es algo que en su momento se haya admitido, sino que fue posteriormente reconocido en la inclemencia del recuerdo. Curiosa caricatura del Búho de Minerva.
20081116
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