La gota corría con lentitud, como si arrastrara a otras gotas hacia abajo por el aluminio, para así despedirse del ambiente frío en el que hasta hace segundos vivía, cuando era un trocito de hielo. Parecía como si asumiese estoica su caída en la arena, donde se inmolaría con el resto de los recuerdos. Silvina sostenía su lata de cerveza, la giraba y la observaba, detallando la sensación de la libertad. La abrió y bebió de su interior, comprobando igualmente el sabor de la libertad.
-------------------------------------------------------------------------
Yo ya estaba bastante despierta cuando la playa apenas estaba empezando a despertarse. Llegué casi a las 6:30 a.m., por esta razón, la cara del muchacho que alquila las sillas se convirtió en un pequeño Picasso cuando le indiqué mi petición:
- Hola chamito, cuando tengas un chance tráeme una cava con 8 soleras bien frías, por favor.
- ¿?
- Solera verde preferiblemente…
- (…) Ok...
Era la cantidad justa y necesaria para dedicarse a la asechanza un sábado en La Guaira.
A esa hora, el cielo es un delgado y tibio velo color naranja que cubre el paisaje costero. Me detengo frente al mar, lo admiro, lo huelo y absorbo en toda su enormidad. A medida que asciende el sol, y el calor baja en finos hilos hormigueantes hasta mi cabeza, cuello y espalda, advierto cómo se van incorporando a la playa más y más personas. A mi derecha, una pareja de gays delgadísimos emprenden su caminata matutina más cerca del agua, y a lo lejos, la música empieza a retumbar, donde una camarilla de jóvenes se instalan detrás de una camioneta para disfrutar del potente equipo de audio instalado en la maleta del vehículo, que se abre por completo como si fuese una gran boca metálica, aullándoles en sus rostros el último reggaeton de moda. A 200 metros a la izquierda distingo a un perro corriendo y abriéndose paso entre un grupo de palomas, que se dispersan torpemente por el aire ante la abrupta visita. Me quedo un rato saboreando esa imagen…
Aún en estas circunstancias, puedo decir que estaba enfocada. Y esa era la mejor manera de garantizármelo: bajando completamente sola a Playa Carmín ese sábado 19. Mi vuelo salía mucho después del mediodía, y Fabricio aún no iba a aparecer, así que me entretuve un rato con el jugueteo de los dedos de mis pies dentro la arena, y gracias a mis uñas recién pintadas, lograba imaginar que desenterraba pequeños rubíes que alguien dejó olvidados, pequeñas joyas que estaban sólo al alcance de mi vista.
Empecé a sentir hambre. Eran las 7:45 a.m. Llamé nuevamente al muchacho que me atendió temprano:
- ¡Chamo, chamo!... ¿tienen empanadas?
- Sí claro…
- ¿De qué las tienes?
- Queso, molida, cazón y calamar…
- ¡Qué bien! Dame una de molida y otra de calamar… y no te olvides de la salsita!…
- Ok.
Pequeños placeres que me sirven de juego previo, antes del desagravio..
Ya había transcurrido un mes desde mi regreso a Caracas, y apenas hoy, en mi último día en Venezuela, lograba acercarme a la costa. Si bien la estancia en Melbourne me reconciliaba de a ratos con el mar, mi oficio –que no es precisamente el más glamoroso-, junto con el carácter de los australianos, no me ayudaba a crear un ambiente lo que llamamos “cálido”.
Volver a una ciudad como Caracas pues…no es fácil. En mis días pesados solía caminar a orillas del Río Yarra o admirar en sus infinitos detalles la bahía de Port Philip hasta donde mi vista lo permitiera. Por el contrario, conducir de mi casa (o la casa de mis padres mejor dicho) al trabajo de Fabricio durante las mañanas de tráfico caraqueño, sólo podía hacerse llevadero con música, con los guiños y maniobras en el retrovisor mientras me maquillo las cejas, o con el desayuno aún caliente dentro del carro. Pero la vuelta a casa en hora pico, suponía padecer algo parecido a como si una boa gigante, atravesando toda la ciudad, me tragara en Boleíta, para digerirme mal durante una hora y media, y luego me cagara en El Paraíso. Tal era la sensación de despojo que experimentaba luego de bajarme del carro. Además, a esto hay que agregar el ligero estrés de pedirle prestado el carro a mis padres sin dar una explicación coherente, y recorrer la ciudad a escondidas, de incógnito.
A pesar de este estrés, pude felizmente comprobar que Fabricio seguía allí, trabajando en la misma empresa de su papá, llegando a la misma hora, ubicado en el mismo piso y en la misma oficina. Nada había cambiado para él. Todo seguía intacto, todo continuaba igual, como esas bolsitas de salsa de soya que te dan al comprar comida china, y que están condenadas a permanecer en el mismo rincón de la nevera. Hasta que alguien decida romperlas, claro…
Ese sábado 19 me sentía a mis anchas, estaba cómoda. Recordaba mi empleo, a mis perros, lo hermosos y lo obedientes que eran, cómo respondían a mis órdenes: “¡Atención!”, “¡Morder!”, “¡Soltar!”, “¡Guarda!”. Se acercaban con un trote campechano a mi memoria las conversaciones con los dueños, mis clientes, sobre la predisposición genética de algunas razas al ataque o al ladrido, o de la necesidad de evitar la sobre exposición “cuerpo a cuerpo”, ya que tanto ellos como yo quedábamos encariñados con los animales… pero de igual forma, recordaba mi decisión de viajar a Australia, tan lejos de mi país.
Es difícil olvidar como -luego de una salida al cine, y en un momento en el que accidentalmente mi celular se desliza debajo del asiento de la camioneta 4x4 de Fabricio-, me topo con una pequeña libreta que, plagada de precisas instrucciones, comentarios al margen, diagramas, ilustraciones, y hasta desplegables interactivos, resumía en forma bien didáctica 153 posiciones sexuales. Sí, mi novio al parecer era un insospechado genio sexual, con la mayor inventiva y creatividad nunca antes conocida, que jamás llegué a disfrutar. Su monótona y predestinada vida no asomó en ningún momento la fertilidad de su imaginación para el sexo. De ningún modo fui parte de sus intrincados experimentos. Y hay que ver que era creativo: si bien estaban presentes en la libreta pequeñas variantes de las posiciones más tradicionales, no puedo sacar de mi cabeza maniobras y contorsiones tan insólitas como sus propios nombres: “Fantasmita”, “Singer Frog”, “el Círculo Bolivariano”, “Geiser de Yellowstone”, y quién sabe cuántas barbaridades más que ahora no recuerdo, pero sobre todo, de las que nunca pude ser conejillo de Indias…
El pasmo y la frustración me dispararon a otro país, muy lejos, bien lejos, lo más lejos posible de Venezuela. Pero en algún punto asumí que debía repararme, resarcir de alguna forma 4 años de abandono y negligencia para con mis necesidades más íntimas durante mi noviazgo con Fabricio. Por lo que decidí volver. …
Ya faltaba un cuarto para las diez, hora en la que Fabricio acostumbraba bajar con sus amigos a surfear. Sentada en la silla playera, mi ansiedad prácticamente estaba obligando a mis piernas a aplaudir. Mastico una mezcla de masa frita con pequeños tentáculos guisados, mis ojos entrecerrados se encuentran fijos en la entrada de Playa Carmín, mientras sostengo mi solera verde, que de forma inexplicable se mantiene aún fría... Y entre mis sienes retumbaban los comandos… “atención”, “morder”, “soltar”…
20120829
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

5 comentarios:
A ver Señor!. Esta algo detallado su cuento y bastante interesante su trama; sin embargo no veo como termina.. eso frustra en alguna proporción al lector!.
De todas maneras rosas..
Slds,
Nadia
Quede igual... ¿llego Fabricio a la playa? ¿ se desquitó? ... ¿que pasó? ....
Lo termino yo en mi mente no?
Lo termino yo en mi mente no?
Lo termino yo en mi mente no?
Publicar un comentario